REGRESIONES COLECTIVAS

El siglo XXI nos agarró desprevenidos.

Llegó con todo el resquemor acumulado que se escondía tras siglos de optimismo. Aquello de la evolución de la consciencia resultó ser tan sólo un cuento.

La propuesta psicoanalítica de un territorio inconsciente y un campo pulsional acotado paulatinamente por una esfera creciente de consciencia fue refutada por el acontecer político. Lo vio mejor el filósofo y político español José Donoso Cortés en su celebérrimo discurso ante las Cortes a mediados del siglo XIX: “Señorías, están ustedes completamente equivocados.

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“El mundo no avanza. Retrocede.” En el espejismo del desarrollo y de la democracia se nos coló la sombra colectiva. Venezuela fue un temprano ejemplo. Lo vemos ya por todas partes.

Las sociedades no son tan distintas de los individuos que las componen. Y así como las personas pasan ocasionalmente por fases de regresión cuando encuentran obstáculos y se les hace cuesta arriba adaptarse a cambios abruptos en sus vidas, también las masas retroceden al enfrentarse a modos de actuación distintos de los que están acostumbrados.

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Y lo curioso, lo más cruel, es que con mucha frecuencia lo hacen bajo fantasías colectivas de transformación, creyendo que los comportamientos anacrónicos son inusitadas pautas de creatividad y avance.

Así lo vivimos en Venezuela. El sistema en contra del cuál Hugo Chávez se levantó y surgió había hecho un esfuerzo de modernización sin precedentes.

Había avanzado en la reforma y descentralización política, en la democratización y regulación de los partidos políticos. En 1989 había instaurado la primera elección directa de gobernadores y alcaldes. Había potenciado los movimientos vecinales y la sociedad civil. Avanzaba decididamente hacia nuevas formas de relación entre la sociedad y el Estado.

En el plano económico, se habían recuperaron de las libertades económicas suspendidas desde el nacimiento mismo de la democracia en tiempos de Rómulo Betancourt. De una economía estatista y monoproductora basada en el modelo inoperante de la sustitución de importaciones, se comenzó a transitar hacia una economía diversificada exportadora. Una economía liberal competitiva debía sustituir los restos anacrónicos de un mercantilismo enquistado como proteccionismo de Estado. Pero fue demasiado.

El torbellino social y político ocurrido a finales de los años noventa fue el resultado del desbalance producido por la introducción del principio de escasez en una psicología colectiva de abundancia. Ello fue intolerable para la sociedad venezolana que prefirió volver al pasado y regresar a modos previos de comportamiento y de interacción social y política. Escogimos el chavismo.

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Hoy, en el mundo entero, grandes masas poblacionales expresan su voluntad de volver al aislacionismo, al nacionalismo, al proteccionismo, a la polarización, la discriminación, el fanatismo religioso. Es el miedo a la libertad.

Lo vemos en Gran Bretaña, en los Estados Unidos de Norteamérica, en grandes segmentos de las sociedades asiáticas y europeas. La falta de imaginación política, de respuestas y propuestas políticas a una sociedad distinta, transformada por agigantados cambios tecnológicos, por el acortamiento de las distancias y el tiempo, por la aceleración de la movilidad y la miríada de nuevos modos de producción, la mercurial e insospechada economía colaborativa, han producido una frustración intolerable sin mapa cognitivo para ubicar la experiencia dentro de un todo con significado. La oposición al sistema no ha encontrado proyectos coherentes de futuro y ha convertido el voto en un instrumento destructivo de venganza para volver a un pasado idealizado.

En psicoterapia, la regresión puede ser útil como paso temporal y finito para reconstruir capacidades y asumir de nuevo el presente. En la vida colectiva la situación se complica por su naturaleza difusa. En Venezuela, llevamos 18 años en regresión.

 

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